Sin aliento

Visitar la caldera del volcán Sierra Negra, cuyo paisaje recuerda la formación de nuestro planeta, es una experiencia extraordinaria. Es preciso salir temprano en la mañana, para disfrutar de una caminata estimulante. Un viaje de aproximadamente una hora en bus, desde Puerto Villamil, nos llevará hasta el ingreso al volcán. Se accede por un sendero bien trazado entre la vegetación característica de la parte alta de la isla. Durante el ascenso se pueden observar diversas especies de aves, como pinzones, gavilanes y pájaros brujos. Tras una caminata de casi una hora, se llega hasta el borde de la caldera. Un gigantesco manto negro, atravesado por innumerables ríos de lava petrificada, se extiende hasta donde uno alcanza a divisar. Las paredes circundantes están cubiertas de vegetación. El clima puede cambiar rápidamente y es común, en cualquier época del año, que en la cumbre del volcán se desaten lluvias y el frío obligue a llevar ropa abrigada. La caldera es la segunda más grande del mundo (la del Tgorontgoro en Tanzania, es mayor). En un día despejado, el espectáculo es sobrecogedor. La grandiosidad de esta formación de 10 kilómetros de diámetro, deja sin aliento. La visita al Volcán Sierra Negra le tomará toda la mañana y debe ser actividad primordial durante su estadía en Isabela.

Rosado exótico

En Isabela, estas curiosas y espigadas aves han despertado la curiosidad de espectadores y científicos de todo el mundo. Es posible encontrarlas en algunas lagunas que se encuentran en el complejo de Humedales y en las Pozas Baltazar y Salinas, en pleno Puerto Villamil. Los brillantes tonos de rojo que embellecen su plumaje se deben a la presencia de carotenoides en las algas y crustáceos de los que se alimentan. Es un espectáculo mirar a estas aves alimentarse y caminar lánguidamente por las pozas de agua; pero es aún más alucinante apreciar sus particulares bailes de cortejo; hembras y machos se reúnen en grupos, estiran y recogen sus largos cuellos y despliegan sus grandes y vistosas alas en una sinfonía de movimientos y sonidos tan particular como asombrosa.

Gigantes y apacibles

Tras una caminata agradable, o un paseo en bicicleta, se llega al Centro de Crianza “Arnaldo Tupiza”, punto de visita imperdible a poco más de un kilómetro de Puerto Villamil. Allí se concentran gigantes tortugas galápagos, machos y hembras, de las dos especies originarias del Volcán Sierra Negra y Cerro Azul que habitaban en cinco diferentes poblaciones de sus alrededores: Cazuela, Cinco Cerros, Roca Unión, San Pedro y Cerro Paloma. Algunas de estas tortugas son las únicas sobrevivientes de su especie, por lo que su reproducción es primordial.

Las tortugas gigantes sobrevivieron a siglos de depredación e inclemencias. A los seis años son aún bebés. Su etapa reprod uctiva comienza entre los 25 y 30 años y llegan a vivir más de cien años. Aquí es posible conocerlas, desde la etapa de anidación, hasta que la edad, tamaño y condición de las crías son los adecuados para que sean repatriadas a su lugar de origen. En un ambiente sombreado y fresco, bajo árboles y plantas nativas, guías especialistas del Centro de Crianza, te conducirán y contarán acerca de la forma de vida de una de las especies emblemáticas de las islas Galápagos.

Con tus propias manos

La Reserva Marina de Galápagos, que abarca una extensión de 133.000 kilómetros cuadrados, es enormemente rica en especies marinas. Quienes visitan Isabela pueden vivir una experiencia inusual, un tour de pesca vivencial. A bordo de una lancha o panga, en compañía de pescadores experimentados y de un guía naturalista, podrás visitar sitios de pesca abundante y participar de esta emocionante actividad. El tour se completa con la parada en un sitio de descanso dentro del Parque Nacional Galápagos, en donde se puede disfrutar de la playa, hacer snorkling y, nada más estimulante que disfrutar de un buen plato, preparado con lo que tú has pescado. Una experiencia que recomendamos no pasar por alto durante tu visita.

El muro de las lágrimas

A 7 kilómetros de Puerto Villamil, en dirección al sur, se encuentra este curioso monumento edificado por las manos de los presos de la colonia penal establecida en Isabela entre 1946 y 1959, que como forma de castigo, fueron sometidos a trabajos forzados para levantar lo que nunca llegó a concluirse como tal: su propia prisión. El Muro de las Lágrimas, como se le conoce, tiene cerca de ciento cincuenta metros de largo por siete de altura y está hecho de cortantes bloques de piedra volcánica. Este es el testimonio de una página triste de la historia de Isabela. Todavía se observan, muy cerca, los vestigios de la base militar norteamericana que allí funcionó hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, en medio de un entorno natural castigado por el sol, el Muro de las Lágrimas se ha convertido en un atractivo para los visitantes que, de alguna forma, se ponen en contacto con el pasado histórico de una isla que, para algunos, se convirtió en algo muy distinto al paraíso.

Vista sobrecogedora

En ocasiones la vida nos regala momentos difíciles de describir. Contemplar estos paisajes en los que es posible seguir la línea de los montes que baja serenamente hasta hundirse en el agua azul, es uno de ellos. En una visión dominada por un extenso territorio en el que se alterna el verde de la vegetación con la negra lava que aflora, y donde aquí y allá emergen elevaciones que son la parte visible de antiguos volcanes sumergidos en el mar. Un espectáculo inusual y cautivante, que se despliega ante los visitantes desde el mirador El Mango, uno de esos rincones que, en Isabela, te abre una ventana hacia su inmensa belleza.

Hogar de tiburones

El Islote Tintoreras, al que se llega después de un viaje en lancha de 10 minutos desde el embarcadero de Puerto Villamil, contiene, en su pequeña extensión, todos los elementos para dejar sin aliento a los visitantes. En su superficie de negra lava volcánica crecen verdes mangles y se forman pozas de agua cristalina, que acogen diversas especies marinas y terrestres. El nombre del islote se debe a que allí es frecuente encontrar una de las especies marinas más llamativas de las islas: el tiburón coralino de punta blanca o tintorera. Este pequeño vivíparo, de actividad nocturna, permanece durante el día camuflado junto a las rocas. Sin embargo, en algunas ocasiones, es posible verlo nadando tranquilo entre las grietas a las que se puede acceder por un sendero muy bien delimitado.

En Tintoreras, playas de arena blanca son refugio de grandes colonias de iguanas marinas, que pueden reproducirse lejos de depredadores. En época de anidación, se debe ser especialmente cuidadoso, pues es posible encontrar nidos en todo el recorrido. Al visitar este lugar descubrirá un paisaje inspirador, habitado por aves, lobos marinos, iguanas y plantas nativas; un recorrido que no puede perderse.

El misterio bajo tierra

Está ubicada a 16 kilómetros de Puerto Villamil. En el exterior hay una variada muestra de la flora de la isla, que convoca una cantidad de aves. Desde la entrada, el recorrido no toma mucho tiempo: unos treinta minutos toma recorrer un sendero de cerca de 500 metros. Pero la experiencia vale la pena. La cueva de Sucre, una grieta de lava abierta, es un viaje al interior de esta isla volcánica, en el que, cobijado por el silencio y la oscuridad, te puedes poner en contacto con el pasado geológico de Isabela. Es imprescindible llevar linternas y calzado apropiado.

Entre mangles y pantanos

La zona de humedales de Isabela, ubicada al sur de Puerto Villamil, es de una cautivante belleza. Son zonas en las que se mezcla el agua salobre, de filtraciones marinas, con el agua dulce que baja de la parte alta. Casi 900 hectáreas de lagunas, pantanos y manglares albergan una sorprendente cantidad de vida. Allí existen cerca de cien especies de moluscos, es lugar de alimentación de flamingos, gallinulas, teros reales y otras aves marinas, aves migratorias y residentes. Además, es un sitio predilecto de anidación para las tortugas marinas. Es posible recorrer la zona de humedales a través de un circuito de senderos bien trazados. Hay que llevar protección solar y calzado adecuado. Incluso, en algunas partes se puede nadar en tranquilos remansos, aislados por una exuberante cortina vegetal.