Con el sol… la magia

Azul turquesa, profundo, eterno…Así es el cielo de Isabela. Radiante compañero del día que se mantiene calmo, aparentemente inmóvil, hasta las primeras horas de la tarde. Cuando el intenso calor aminora, se empiezan a escuchar las risas de los niños que juegan a la orilla del mar. Se ven siluetas de hombres y mujeres que caminan por la playa, serenamente, dejándose cubrir por ese manto de colores mágicos. Franjas violeta cubren poco a poco el azul que va dando paso al celeste y al rosado. En una danza dulce y seductora, líneas lavanda y naranja se entrelazan juguetonas, coloreando poco a poco el manto infinito.
Como si quisiera quedarse para siempre, el sol cubre al cielo de retazos inolvidables; vetas rojas, trazos grises guían el camino hacia el negro intenso, en el que van apareciendo brillantes diamantes de luz que titilan misteriosos sobre el puerto. Llega la noche a Isabela. Otros colores se encienden, se escuchan otros sonidos, se cuentan otras historias; la magia continua llenando de emociones a los visitantes que, en Isabela, se dejan encantar.

Un puerto acogedor

Puerto Villamil, el centro poblado de la isla Isabela, es donde habita el mayor número de personas (cerca de 2.500). Se fue construyendo en medio de un paisaje duro y afectado por un sol implacable, que sin embargo se vuelve fresco gracias a los vientos del mar que soplan desde su bahía cristalina. Fundada por colonos y pescadores, la capital de Isabela se levantó sobre la arena, y por eso sus calles aun están cubiertas con una blanca capa, que las protege de las inclemencias en época de lluvias, facilitando el drenaje del agua. Si usted desea conocer el verdadero espíritu de los colonos ecuatorianos, quédese en Isabela, recorra sus calles y comparta sus vivencias con la gente. Es una experiencia que siempre recordará.

Playas de postal

No son pocas las gratas experiencias que ofrece la visita a Puerto Villamil. Sus costas de fina arena y mar azul, por trillado que pueda sonar, son imágenes de postal. Las playas se extienden desde el embarcadero, suaves y blancas, bañadas apaciblemente por un cálido y transparente mar. Caminar, tomar el sol, nadar, o simplemente pasar un momento en Playa Grande, o en cualquier otra de las de Isabela, complementa una visita alucinante a esta isla paradisíaca que ofrece un espacio generoso para todos.

Al llegar

El embarcadero de Isabela es un punto de encuentro formidable. La actividad en este pequeño espigón comienza muy temprano en la madrugada, antes de que salga el sol. Allí se encuentran quienes llegan o salen en las lanchas rápidas provenientes de la isla Santa Cruz, conocidas comúnmente como “fibras”, por estar construidas con fibra de vidrio y no con madera, como tradicionalmente se hacía. También atracan pequeñas embarcaciones de pesca y otras de trasbordo que recorrerán la bahía protegida durante todo el día, llevando visitantes a puntos cercanos, como el sitio Tintoreras, donde se ven extraordinarias especies terrestres y marinas, endémicas de Galápagos. A pocos metros del espigón está el ingreso a Concha de Perla, un remanso protegido del oleaje marino, ideal para practicar snorkel. En el embarcadero, los oficiales de protección ambiental del Parque Nacional Galápagos realizan una constante labor de supervisión de todo cuanto sale de la isla, en previsión de que algún visitante desaprensivo intente extraer elementos naturales. Desde este punto los vehículos de turismo y taxis llevan a los visitantes hasta su alojamiento. Junto al muelle, a escasos metros, una playa tranquila de suave arena, sirve a los visitantes como primer contacto con los hermosos entornos que esta isla posee.